Vivir para siempre: el recuerdo del triunfo de Argentina ante Estados Unidos en 2002

Allá van los destructores de sueños. Abroquelados en una idea de conjunto jamás vista antes. Pepe Sánchez es, por definición, el espía encubierto de la armada albiceleste. El primero con boleto para viajar de la tierra a la luna, el ladrón que supo extirpar secretos escondidos en la meca de los atletas universales. Cerebral, intrusivo, despiadado. Los relojes derretidos que pintó Salvador Dalí. Cada segundo, cada posesión, se hace densa, pesada, insoportable. Una gota cayendo en la nuca de las fieras, que se mueven de manera frenética en el Conseco Fieldhouse.

Manu Ginóbili es, aún, un proyecto de superestrella. Lo raro, lo surrealista, empezará después de esta gesta heroica. Allá va el crédito de Bahiense del Norte acariciando rascacielos: en su impronta única, hace cosas nunca antes vistas por el aficionado promedio del deporte de los cestos. Escapa de los cerrojos como una filtración de agua, son tobillos finos y músculos elásticos que encuentran tiros y ángulos donde otros ven solo brazos y piernas. Manu reconfigura lo extraordinario en simple, y las cosas se producen con tanta naturalidad, con tanto desparpajo, que los compañeros confían y se contagian.

Rubén Magnano, brazos en jarra, demanda concentración sin la pelota. Sabe que en ataque estacionado, el equipo está preparado para reescribir un libreto establecido de antemano. No lo dice, no lo esboza, no lo sugiere; deja que el público, el simpatizante extra muros que ve en Argentina sólo un equipo simpático, descubra la lámpara de los deseos con la emoción de un chico quitando el papel envoltorio en Navidad.

Un irreverente Luis Scola toma carrera y le coloca una tapa inolvidable a Jermaine O’Neal. Es tan grande el desconcierto, tan inequívoca la acción, que el entonces interno de Indiana Pacers lo pisa a Scola por pura frustración. Luifa, desde el piso, ni se inmuta. Se pone de pie y su expresión ya es otra: hay algo extraño en su mirada, una luz que se convertirá en fuego. Lo que Scola creía ser, ya no es. En esa acción decisiva, cambia de piel: empieza a creer que puede. Que no es imposible. Es el comienzo, entonces, de la más maravillosa historia de profesionalismo, convicción y amor de un jugador con su seleccionado.

Argentina lo piensa, lo dice y lo hace. Es la síntesis del básquetbol total, pasos de tango que componen una melodía infinita. Fabricio Oberto, desde el poste, juega y hace jugar. Andrés Nocioni comanda la defensa y aprovecha la mirilla de Pepe para transformar pases lacerantes en puntos. Hugo Sconochini, el artista de lo impensado, molesta y empuja. El Colo Wolkowyski, segundo en pisar la luna después de Sánchez, pone pies de plomo junto a Gaby Fernández en la pintura. El Toro Palladino, puro equilibrio en los dos costados, rompe y desequilibra. Y en ese impasse de brillo, en esa orquesta que afina cada vez mejor, George Karl agacha su cabeza en el banco estadounidense e intenta comprender el fenómeno. Detrás de él, Gregg Popovich padece al mismo Ginóbili que tiempo después disfrutará. Los cortes al aro se reproducen de manera geométrica y la diferencia se profundiza.

Para este entonces, el desconcierto es mayúsculo. Los que están acostumbrados a enseñar vuelven a las aulas para recibir la lección de sus vidas. Reina un silencio tan espeluznante que se escucha. Se espera una reacción, pero la reacción no llega. Hablamos, claro, de los herederos del Dream Team de Barcelona, los del invicto de 58 partidos, las víctimas de los flashes fotográficos de los rivales ocurrida una década atrás en Portland.

Ya estamos avanzados en el segundo tiempo y Argentina no detiene su paso. Impone su ritmo y juega a la manera que soñaron los grandes maestros. Hay una máxima que se presenta en cada ofensiva estacionada: la pelota no es de nadie, y como consecuencia es de todos. La defensa intenta en vano el control: una fisura en el bote es posible, pero si existen doce el hundimiento es inevitable. Oberto recibe un pase quirúrgico de Pepe en 45 grados que esquiva por centímetros la yema de los dedos de los rivales. Nocioni vuela por encima del canasto propio para descolgar un rebote de las nubes. Así lo soñó León Najnudel, padre de la Liga Nacional, cuando lo fue a buscar a la puerta de su casa: un potrillo que despega y desbarranca todo lo que se mueve a su alrededor. El corazón que galopa para elevar el sacrificio genuino.

Montecchia tensa los cuádriceps y defiende. Recupera el balón y avanza, y con una marcha más se complementa con la ralentización de Pepe y la dinámica de Manu. Empieza, así, a darle forma a la nueva trilogía infinita de la ciudad del viento. Magnano observa ahora el tablero electrónico. Cruza los brazos, gira sobre su eje y por primera vez, sonríe. Emerge una posibilidad real. Allí ve a sus dirigidos y a sus asistentes abrazados, que revolean trapos albicelestes al viento. Entre ellos está Leo Gutiérrez que aplaude a sus compañeros, que grita cada conversión como propia, y está muy bien que así lo sienta. En definitiva, en el gesto de altruismo está la respuesta. Este equipo no es tuyo ni mío: es el equipo de todos.

El reloj, para este entonces, pide clemencia. Caen, desplomados, los Paul Pierce y Reggie Miller, ciudadanos ilustres de una NBA ya hecha añicos. Nocioni regresa en balance defensivo hacia su propio campo, tras anotar un tiro libre que será el pegamento necesario para sellar la historia. Y en un acto involuntario, casi infantil, se encuentra con Sánchez, que lo ve venir como quien observa a un amigo apurado por contarle un secreto. El Chapu contiene las lágrimas, pero deja escapar la risa cómplice que luego será marca registrada. “Los tenemos, Pepe. ¡Los tenemos!”. En ese mano a mano, en ese segundo y medio de conexión, Nocioni se recibe de jugador del pueblo. Su incredulidad es nuestra incredulidad. Su emoción es nuestra emoción. “¿Está pasando lo que yo creo que está pasando?” Sí Chapu. Claro que sí. Pierce lanza un triple y ya la defensa deja de ser un cerrojo infranqueable. Le abre el camino, le cede el paso, y lo invita a la fiesta: hacelo, dale, nosotros te dejamos. Esta vez, nosotros decidimos. Porque aunque no lo quieras aceptar, aunque no lo quieras creer, ya es demasiado tarde.

La tribuna se pinta, entonces, de celeste y blanco. Los jugadores, abrazados, se convierten en uno solo: vuelan camisetas al viento, y por primera vez el mundo, acostumbrado a ensalzar poderosos, se rinde ante el brillo de los imposibles conquistados. Las cosas, esta vez, serán diferentes. El corazón celeste y blanco rebota una, dos, mil veces sobre el parquet. Y entonces, el país golpeado, la tierra de las crisis interminables y el individualismo recurrente, encuentra, en este grupo de jugadores, el ejemplo más acabado del deber ser.

La redención por fin ha llegado.

Y este equipo, inolvidable, vivirá para siempre.

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